samedi, janvier 28, 2006

HEGEL


ESTHETIQUE/HEGEL

« L’art est-il digne d’être traité scientifiquement ? Sans doute il embellit notre existence et charme nos loisirs ; mais il semble étranger au but sérieux de la vie. Est-il autre chose qu’un délassement de l’esprit ? Comparé aux besoins essentiels de notre nature, ne peut-il pas être regardé comme un luxe qui a pour effet d’amollir les cœurs par le culte assidu de la beauté, et de porter ainsi préjudice aux véritables intérêts de la vie active ?


Sous ce rapport, on s’est souvent cru obligé de prendre la défense de l’art et de montrer que, considéré sous le point de vue pratique et moral, ce luxe de l’esprit offrait une plus grande somme d’avantages que d’inconvénients.

On lui a même donné un but sérieux et moral. On en a fait une espèce de médiateur entre la raison et la sensibilité, entre les penchants et le devoir, ayant pour mission de concilier des éléments qui se combattent dans l’âme humaine.

Mais on peut affirmer d’abord que la raison et le devoir n’ont rien à gagner dans cette tentative de conciliation, parce que, essentiellement simples de leur nature et incapables de se prêter à aucun mélange, ils ne peuvent donner la main à cette transaction et réclament partout la même pureté qu’ils renferment en eux-mêmes.

Ensuite l’art n’en est pas plus digne d’être l’objet de la science, car des deux côtés il est toujours asservi. Passe-temps frivole ou instrument affecté à un but plus noble, il n’en est pas moins esclave. Au lieu d’avoir son but en lui-même, il n’est qu’un moyen.

En outre, si l’on considère ce moyen dans sa forme, en admettant qu’il ait un but sérieux, il se présente encore sous un côté défavorable, car il opère par l’illusion : le beau, en effet, n’a de vie que dans l’apparence sensible ; mais un but qui est le vrai ne doit pas être atteint par le mensonge. Le moyen doit être digne de la fin. Ce n’est pas l’apparence et l’illusion, mais la vérité qui doit manifester la vérité. »

jeudi, janvier 12, 2006

vision

La phrase du mois

"Trouver une forme d'association qui défende et protège de toute la force commune la personne et les biens de chaque associé, et par laquelle chacun s'unissant à tous n'obéisse pourtant qu'à lui-même et reste aussi libre qu'auparavant."

lundi, novembre 14, 2005

Viajes XI



Tomó el bus de vuelta. Llegó a la estación. Preguntó si el billete lo podía usar más tarde.
— Tiene una validez de quince días.

Tomo otro bus, fue hasta el centro de la cuidad. Siguió caminando. No se acordaba pero sabía que tenía que venir. Llegó, cuando quiso pagar se le dijo que la entrada era gratis, entró, siguió el cartel…

Los colores que se abrieron al golpear en la retina y quedar flotando volvieron a su sitio, cuando la luz disminuyó; el movimiento inverso envolvió la composición: aparecieron la sala y la distancia, se dio vuelta para mirara el primer cuadro a su derecha, retrocedió, volvió a ocurrir lo mismo, el carmesí ocupo el aire y luego se retiró, aparecieron los elementos contiguos, en un primer plano la mano cercada por el contraste, luego la derecha teniendo la pluma, libros, carillas.. se acerco aún más

capas, una sobre otra, veladuras, la necesidad de un secado, el acto descompuesto, visto hacia atrás, gestos separados por un tiempo más largo que el que une dos pinceladas, la noche de por medio, al final una pura dilución apenas vista en si y revelada desde el fondo ya seco, primero los claros, ya un anaranjado, velados verdes, azules dejando a su paso una zona indecisa, y bordes luminosos, y ese café y ese naranja oxidados; cuan lenta tiene que ser la aplicación para saltarse el dibujo y realizar la forma porque si se mira no se descubre ningún trazo, es el simple choque de tonos que se repelen, o se invierten divulgando el encarnado; luz directa, focal, cálida; es imposible re-presentar la luz, se le puede sólo dar
paso
pasar con ella

Le pareció que era bastante. No pudo seguir, salió para sentarse en un banco de la antesala, por donde había entrado. No había nadie, el mesón de enfrente que se suponía servía para atender al publico estaba desierto. Se quedó vuelto hacía el hall de entrada.

¿Por qué escribirlo? (no era una pregunta) Cuantos años… siete, acaso nueve, era la primera vez después de mucho tiempo que no miraba un cuadro tan de cerca; recordaba momentos parecidos… ¿algo venía de repetirse? ¿era la primera vez? Era como entrar en la actividad de un tercero. En ese largo camino había perdido a alguien.

Paisaje del sur de Francia, desde las alturas del arrière-pays, cerca de Grâce. Los atardeceres mirando la frondosa extensión de las colinas envueltas de pinos y a lo lejos Antibes ou Jean-le-Pain. Entre las dificultades reales y los errores cometidos no sabía que era lo primero.

¿Por qué tenía que escribirlo?

Estoy lejos del momento cuando podré dejar entra uno de esos seres queridos como un personaje con quien se puede conversar, para decirle que “el día de un paseo” fue verdad pero que mi voz apenas alcanzaba para guardar silencio y también esto otro: fue por una luz que la pintura me quitó el sueño, en todo caso que cuando pueda estrechar con soltura tanto cabo suelto y completar la frase que no alcancé a terminar y que quedó en el umbral de la puerta cuando me levante porque la escuché que hablaba dormida y me volví a sentar y me dije no sé que cosa, suplicando que así fuera, se completará la perdida. Aunque seguiré sin comprender. No se puede decir que de uno de eso cuadros que llegué a realizar estará la respuesta, pero este vendrá, de la misma manera que yo me acerqué a mira el cuadro, a mi encuentro.

En ese orden, por extraño que parezca, primero el vendrá a mi encuentro. Lo mismo que pintando la pintura vendrá a mi encuentro.

samedi, novembre 12, 2005

Viajes IX (suite 6)

a cada atisbo de consciencia le precede un cortejo, sea un sinnúmero de eventos dispares, incapaces por si mismos de decirnos algo. Alguien alguna vez pensó el cuerpo como una cárcel; se podría intuir lo contrario etc. Lo cierto es que esto va como un reloj de arena al cual cada cierto tiempo hay que darle la vuelta. Cualquiera sea la perspectiva que se adopte: inmortalidad del alma, vanidad de polvo a polvo, o ese “ha de morir contigo…” de Don Antonio, hay algo que parece insalvable y es esa pérdida entrañable cuyo centro es el cuerpo, un cuerpo, ese cuerpo, lo que revela la vida como lapso que se abre y se cierra

lapso que hacen que tres meses sean igual a un segundo, como si el presente, inconmensurable, disolviera toda medida en un punto sin coordenadas, un puro estar presente ¿Qué había pensado mi padre en sus últimos instantes? Toda una vida puesta en un segundo.

Medios tonos que la vida dispensa y dispersa en grados que acompañan la luz del día
cables tensados de muro a muro por donde se deslizan lonas anchas de un metro veinte más o menos y que cubren el ancho de la calle. Reduzco la obturación para asegurarme del contraste, desde esta perspectiva poco habitual habrá primero que situar el plano del suelo, este suelo donde nos encontramos y que yo, sacando la foto, intentaré luego recordar como “una tarde en Sevilla”: esa mujer de enfrente que cada vez me atrae más y que no estará en la foto, pero sin cuya presencia no me hubiese visto en la necesidad de tomarla, porque tampoco hubiese asistido a la formación de esto que es ya una pequeño mundo condensando varios aspectos de la vida en una mirada. Mirada que no necesito siempre ejercer pues es ya un punto levantándose del suelo, dejando a su paso una estela que me secunda
se menciona algo que yo entiendo ser mi soledad pero que se revela como el camino que me ha llevado a una involuntaria reclusión, cosa en lo que se ha trasformado mi estancia
esta mujer va acompañada de un rostro que excede el suyo y que yo debo guardar en alguna parte y que ahora mientras la observo tiende a mostrarse, pero decir rostro es ya presumir de un aspecto, de algo tangible, como lo son sus facciones
no sé si es ella a quién deseo o si ella me recuerda qué deseo
oscilan dos zonas opuestas, poniendo de manifiesto para una parte de mi persona: desempleo (un incendio que se produce de no encontrar llamas) y para la otra el trabajo de una caldera. No sé que hacer, es decir cómo interpretarlo… esto se asemejaba mucho a lo que me había ocurrido mientras visitaba el Louvre… por lo mismo tengo la impresión de no ser contemporáneo de lo que sucede o que no se dan todas las circunstancias para que sea ella… porque entonces tendría que estar ya fuera de mi, tendría que haberme ya levando de la mesa, dirigidos mis pasos hacia la suya y sin titubear haber inventado algo… pero es que entonces no era yo, imitaría la toma de una película, es decir que era artificial, convenido, pero al mismo tiempo me agrada lo que estaba ocurriendo, digamos que lo necesitaba.


Ese momento tenía que llegar. Se levantaron. Al ponerse de pie hizo el gesto de alguien que ha estado mucho tiempo sentada, estiró los hombros hacia atrás y entonces ninguna palabra, ninguna frase pudo responderme, lamenté algo que no podía decir, era como si ella me dejará su impronta sin mi consentimiento, fue como una aparición, pero de más baja frecuencia de la que captan nuestros sentido, sólo me quedó la sospecha de que algo quedaría flotando en el aire,



Por la noche no podía dormir. Volví a encender la luz, abrí el cuaderno:

Despertar. Por un rostro inconcluso
mientras ondeaba el toldo
como parte de cielo
como parte de sombra
Y se acompaña a la que parte.
Gesto para el cual fui dividido
descubrió para mañana
lo que enfrente
pudo hacer levantarme.

Viajes:
Secreto memorable de un río.

lundi, novembre 07, 2005

foto del día/photo du jour

Domingo, paseo, el mismo lugar visto desde la memoria.
Dimanche, promenade, le même lieu vu depuis la mémoire.

dimanche, novembre 06, 2005

Viajes IX (suite 5)


Asistía a una serie de momentos sueltos. Volvía a mirar el toldo. La Ciotat, ciudad del sur de Francia, al lado de Marsella, de donde es oriunda mi abuela materna. Cenábamos ahí en la profunda tranquilidad del viejo puerto. Fue una visita sorpresa que ella no se esperaba. Hasta el último momento dudo que pudiese ser cierto. La Ciotat. Ahora digo: “una tarde en Sevilla” mientras vuelvo a mirar hacia el toldo, pero para bajar lentamente la vista y mirar a la mujer que está enfrente: su pelo ligeramente pelirrojo, ojos oscuros, extrañamente oscuros y me digo si no son negros, su rostro de un bronceado reciente, intensivo al parecer, que nos la sitúa en una playa de la costa andaluza el día anterior porque a lo mejor solo había llegado esta mañana a la ciudad para quedarse el fin de semana y seguir hacia… ¿hacía dónde? ¿Jerez? ¿Cádiz tal vez? Es un momento en que me entra la duda. Pero ¿En qué estoy pensando? No me lo creo. Capullo. Ya pasará. Es la situación que realza los detalles. Durante largo tiempo, mientras hablaba con su amiga se había mantenido con la espalda adosada a la silla, pero desde hace un momento su posición se hacía más relajada que abría hacía adelante, inclinándose más de lo necesario si de lo que se trata es ingerir una cucharada. El escote no dejaba margen de error. Pechos fuertes, lechosos. Portentosa. Adivino una piel blanca en invierno que me hace ver el cuadro llamado “El sueño” de Courbet, si incluyo en esto a su amiga. La Ciotat. Los hermanos Lumières. Un tren entrando en la estación de la Ciotat. Hacia mi derecha el toldo deja ver el cielo. Necesito esa foto. Mi madre que había terminado por pedir algo y comía con ganas ella que: hijo, yo casi nunca como de noche.

La luz declinante, acentuaba los contrastes, dibujaba con nitidez los pliegues del toldo. Ocres saturados. Retazos de azul. Candela. En la calle a mi izquierda al llegar a la esquina los rayos caen perpendicularmente. Es una escena donde la acción es depuesta. Paleta regular de monocromas. Atuendos. Lo que hace que pueda retener mi visión más allá del tiempo de percepción. Remanencia. Sigue vibrando. El proceso se invierte de la misma manera que dejando de oír nos ponemos a hablar. Estoy pintando. Es más fácil oír que hablar. Así paso mis días. Involuntario ejercicio. No tanto un cuadro. El deseo que precede el oficio.

Hay algo ya impreso.

Nuestra percepción es supongo continua. Pero en nuestra mente se graban y adhieren sólo datos parciales (fragmentos) según un principio de otra índole, como si a la luz se le agregara el pulso

se desprende nuestra gratitud al mismo tiempo que una forma pregunta por nosotros y ejerce el mismo interés que una palabra en la punta de la lengua, como si alguien apareciese en un corredor con una ofrenda y oyéramos los ruedas del carruaje, bastará con algunos pliegues de túnicas blancas para que la imagen de nuestro cuerpo se modele…

¿llamaría a esto una metamorfosis?

samedi, novembre 05, 2005

Viajes IX (suite 4)

Rembrandt - Rembrandt's Mother as Biblical Prophetess Hannah

Algo se puso a existir, para él, sin orden ni jerarquía en el aire de la tarde: la distancia dejaba de tener el mismo aspecto y se juntaba con otros momentos sueltos de su vida.

— Mira esta foto… me gusta.
— No está mal.
— Por eso te dije que te pusieras bajo el arco ¿ves esa luz?

Todo lo que nos decimos lo que hablamos con mi madre va construyendo sin que ella se de cuanta una forma cuya base es el toldo. Lo que miro se grava, quizás porque sé que dentro de algunos días la sensación que ahora vivo perderá su encanto. Sin embargo si logro ahora rescatar algunos detalles podré mantener durante más tiempo en mi memoria este instante, escribir algo, estudiar un día cualquiera.

— Vamos… dice mi madre

Le respondo con la afirmativa sin hacer ningún gesto en ese sentido, lo cierto es que ella tampoco lo dice con prisa, es más bien una sugerencia que puede esperar y es en el fondo lo que deseo: dilatar ese momento mientras se me ocurre algo…

— Mamá, porque no comemos algo ya, porque si volvemos ahora al Hostal para salir de nuevo se nos puede hacer tarde y mañana tenemos que levantarnos temprano.
— Es que no tengo hambre.
— Acompáñame.
— Veamos que hay.

Esto mientras me decía que quizás ella, la de enfrente, también tuvo la misma ocurrencia para alargar el rato, quedarse ahí, en una espera sin motivo, como un gesto instintivo de reconocimiento al que no se le puede dar un nombre, adjuntar una explicación ni tampoco colarle un fin.

Mi madre observaba la gente con avidez. Desfilaban ante nosotros una gran cantidad de paseante: turistas y locales, adultos mayores en su gran mayoría. No se privaba de ningún comentario, construía a partir de su observación, como si los datos obtenidos fueran indicios de algo por completar, relatos breves para explicar una dolencia si la señora acusaba un paso lento y algo fastidioso, un caso de adulterio si en la pareja la diferencia de edad era muy importante, aunque creo que dijo: estos deben ser amantes, mostrando de alguna manera su aprobación, lo que me extraño en su caso, a lo cual yo respondí:
— Pero mamá los amantes no se muestran en la vía.
— ¿Divorciado tu crees?
— Creo.
— Ay pero que niñita tan joven, si podría ser su hija.
— Carne fresca.
— Tu crees que nos van a trae luego la comida.

De ves en cuando volvía a levantar la vista, repetía en mi interior: una tarde en Sevilla. No me atrevía a decir una despedida en Sevilla, dejaría eso par el aeropuerto.

— Te diste cuanta del viejo de al lado, tenía algo ¿no?

Cada uno tenía una actividad con que ocuparse, nos separábamos, volvíamos a conversar. Sus comentarios eran casi continuos pero yo no siempre escuchaba. Tenía otras ciudades en mente: Málaga, la Ciotat.

Su madre. Rostro compuesto de semblanza y alteridad. A veces su persona le llegaba desde un punto que él no le conocía. A veces, su lectura cotidiana de la Biblia, lejos de toda tutela y magisterio, gracias a la fortuna de la luz que se dejaba caer en su dormitorio le hacía pensar en la obra de Rembrandt.

Málaga, la Ciotat, Sevilla. Para no nombrar Cádiz. Como cuatro retratos.

mardi, novembre 01, 2005

Viajes IX (suite )3

"EL INSTANTE INCOMPLETO"
Los libros estaban expuestos con el natural de todos los circuitos comerciales, las mejores vendan expresaban tendencias a las cuales era dificil darle una causa literaria, abundaban las imitaciones de obras con intrigas a fondo histórico, encuadernadas a la manera anglosajona. Pero también se describían los tópicos de la literatura europea, las mismas traduciones que se podían encontrar en una librería parisina. Un circulo más discreto de publicaiones se podía descubrir si se seguía con parsimonia las estanterías. Una librería se conoce no solamente por los libros que expone pero tambien si se hace el recuento de aquellos que no están.
Se dió cuenta que no encontraría nada nuevo. Acortó su visita.
***
Lo que ahora narro conlleva todos los inconvenientes de la experiencia real y su interpretación.
Mi hipótesis, pero claro es un juego, es que los seres humanos vivimos lo que llamaría “instantes incompletos” y al parecen somos los únicos en la especie. Puedo equivocarme. La naturaleza de lo que pretendo exponer me obliga a tener que incluir provisoriamente lo que no está asignándole un lugar, es decir contar con su ausencia, como si esta manera negativa pudiera jugar a veces el rol de causa.

Fue un poco antes de sentarse junto a su madre que se dio cuenta. Miro de reojo, sin querer verificar más. La visión quedó suspendida en la periferia; le bastó con el eco para sentarse, y tratar su efecto como el nacimiento de un secreto. Su madre no se enteraría.

Pensó tantas cosas que es difícil enumerarlas. Describiré algunas en su momento. Por “instante incompleto” más vale no entender precipitadamente el saldo de algo inacabado, puede que ocurra exactamente lo contrario y que se trate de una plenitud, si a esta se le adjunta, según el caso o los límites de nuestra complexión o el caso de un “error”, una falla, algo que no anda y que tiene que cambiar, etc.

Sentirse destinado para algo no implica que se nazca con los medios que permiten su concreción. Entre el momento en que se toma consciencia y el que lo hace efectivo hay una abismo. Quiero decir: los medios no existen. Sencillamente no existen porque no hay medios para aquello. Nada aquí se expresa como la herramienta que falta: telescopio sin el cual no se descubrirían algunos planetas, ni los cambios en la cultura si se inventa la rueda, o la posibilidad del claro-oscuro con la invención de la pintura al óleo, a los avances que introduce la imprenta. Si por medios se entiende lo que se asocia a la técnica en vista de un fin, aquí nada de eso ocurre.

Lo sabía. ¿Cómo puede un hombre hacer una elección y pasar tantos años sin poder ejercerla?

— Ya te tomaste el té…
— ¿Qué quieres tomar?
— Un café.
— ¿Encontraste lo que buscabas?
— No buscaba nada en especial. Esta agradable la tarde…
— Si.

Ella hablaba con una amiga. Algo le decía que su rostro encendido evitaba rigurosamente mirar enfrente, pero dudaba que fuera por él. Al lado suyo escucho una voz de varón que hablaba en inglés. Supuso que ella también lo hablaba. No quiso mirar el hombre. La voz de una persona joven. Miro hacía arriba, pero cubría un toldo, la luz del atardecer describía los pliegues. Tomó una foto. No se atrevía a más.

Mientras hablaba con su madre, podía casi oír una voz, la suya propia en un plano inferior, describir una que otra frase suelta, que apoyándose en lo que miraba no necesitaba salir del silencio para significar. Una voz así que de silencio en silencio se abría paso entre los intervalos que dejaba la plática con su madre, se sostenía en la mirada cuyo centro de atención se encontraba justo enfrente. Se figuraba un inmueble de dos pisos, en el primero se hallaba una camera oscura y en el segundo el epicentro de su voz. Las frases que dirigidas a su madre guardaban el hilo de la conversación parecían dotadas de tercera dimensión: rebotaban en el toldo, invadían la calle peatonal llenas por los dos costados de mesas y comensales.

Su madre le dice que le desea suerte, que todo va a salir bien, y el se pregunta qué es “suerte” tener suerte, él no emplea, aunque lo sepa, la misma palabra… y evita decirlo, en todo caso en ese plano, prefiere la camera oscura. Buena, mala suerte, en francés un golpe de suerte se dice “un coup de hasard” azar, Ulises en un cruce tiene que elegir entre dos caminos sin poder anticipar con un criterio su elección, se somete a la fortuna, buena o mala fortuna, cuantas veces no se oye en la vida cotidiana decir, fue puro azar… volvió a mirar hacia arriba y se pregunto por qué ese toldo era una tarde en Sevilla,

Ella llamó al mozo, por sus gestos dedujo que deseaban comer algo. La voz que estaba a su lado se levantó. Un tipo alto, un poco gordo y cuyo rostro no parecía venir al caso. No era él. Estaba con alguien, se fueron caminando por la derecha hasta perderse en la esquina. Siguió con su mirada hasta volver al toldo. Las sombras eran más nítidas, el sol alcanzaba las últimas ventanas del edificio. Sacó otra foto.

— Mamá ¿quieres que te muestre las fotos que he sacado hoy?

El silencio es la estela que dejan las palabras cuando la significación las requiere en otra parte, es decir que continúan diciendo algo sin poder rescatar su contenido de la misma manera que entendemos una conversación, es una mera sensación plástica, como ella que se acerca a su vaso para dar un sorbo y creyendo que no es observada apunta con sus pupilas y desvía. No quiere que se sepa. No quiere que se sepa lo que mira cuando no mira. ¿Yo? Se dijo incrédulo.

lundi, octobre 31, 2005

Viajes X (suite2)
























Llegaron cerca de mediodía. Desde le estación reservó un hostal. Tomaron un taxi. Dejaron las maletas y salieron. Tenían hambre. Dirección el Guadalquivir.

— ¿Gua… qué hijo?
— Gua-dal-qui-vir.
— Ah, ya Guanalquinil
— Si, eso, mamá…
Era mucho pedirle. Hace algunos años ya había intentado en vano con Fuengirola. ¿Juen… qué hijo?

— Ya verás hay varios restaurantes.

El Hostal estaba en pleno casco antiguo, muy cerca de la catedral. Se habían ido caminando muy lentamente. Una foto la sorprenderá junto a un escaparate lleno de colores. Otra, bajo una arcada entre luz y sombra — mamá… ponte ahí porfa, esa luz está genial. Un gesto tímido de saludo, su sonrisa. Una tercera ya en el río, sobre e puente, sentada, pero qué joven te ves niña. Al fondo a su derecha el río, a su izquierda Triana. El se le adelantaba sin darse cuenta, entonces retrocedía, la tomaba por la espalda, le hablaba.

Entraron en el primer restaurante que se encontraba al doblar por la izquierda. Se instalaron en la terraza. La fotografía quedo muy oscura. Demasiado contraste. Sólo los cristales relucían, y el agua como un lente reproducía invertida una parte del entorno y enseñaba el color del vestido que llevaba su madre, un asalmonado que no se veía de frente.

Cuando terminaron de comer, eran las cinco de la tarde. Su madre estaba un poco preocupada porque el cierre de la funda que cubría sus trajes, estaba dañado y quería comprarse otra. Se fueron caminado hasta el centro en busca de una tienda, más bien un bazar que era donde había comprado la funda. El que él conocía estaba cerrado, entonces convenció a su madre que él podría repararla comprando una cinta adhesiva… Lo hicieron. El paseo se prolongó con más soltura. El quería entrar en una libraría, su madre comenzaba a cansar,

— ¿Por qué no buscamos un café donde esperarme?
— Si por que no doy más.

Siguieron por la misma calle hasta dar con una terraza.

— Mamá, aquí está genial. Pídete un tesito, mientras vuelvo.

Libraría. Librearías. Algún día tendría que escribir algo: Librerias. Robos de adolecencia, lecturas, encuentros. Oficio. Cuantas horas.

Había una rue de l´Odeon, que ya no existe, vendía libros de segunda mano, en ese entonces París guardaba los signos políticos de l´après-guerre y de mayo 68. El llegó con 17 años — que joven fui sin darme cuenta, pudo haber dicho. Abría hasta medianoche. El propietario, un hombre alto, desgarbado, pálido, ojeroso, mal afeitado, vestido a la diabla con un pañuelo rojo al cuello, hacía pensar en el típico anarquista parisino, gauchiste y bohemio, se podía datar su indumentaria y decir 1871. La comuna de Paris.

Entro en la libraría sin nada preciso, quería pasearse, estar un momento solo, aunque no dejaba de pensar que a lo mejor una sorpresa lo estaría esperando.

mercredi, octobre 19, 2005

samedi, octobre 08, 2005

Viajes X (suite)

Su madre (I)

Su madre había venido a visitarle. La última vez que se vieron fue para el entierro, él había hecho el viaje. Su edad, más de setenta y cinco años, lo mantenía en una línea cuya fragilidad provenía de la muerte de su padre. El duelo deja de hacernos ver las cosas y los seres como puestas en el tiempo, esa manera que tenemos de diluir el presente en un hipotético mañana. Un tedio que él no soportaba.
Es sabido que todo tiene su fin, ese fin nos indica lo largo de la vida: la muerte. Una parte de nuestros esfuerzos consisten en mantener esto al estado latente, un deseo se agrega que quisiera que siempre fuese así. Es contra nuestra voluntad que despertamos y la vemos de frente.

No podemos sostener aquel momento sin que las fuerzas acumuladas nos llamen, o que nosotros acudamos a ellas para encarar con un velo ese presente que no lleva como viático el tiempo. Velo que tan pronto como se entra en escena se rompe.

Cuando tomamos conciencia es ya camino de regreso. Preceden una serie de momentos dispersos que sólo valen lo que dura la angustia y que luego asociados los unos a los otros (progresivamente vinculados) punto por punto dan aquí una alerta, allá un sueño catastrófico; esto mientras se lleva una vida normal pero ya no tan pulcra, corroborando a cielo abierto aquellos puntos, trazo a trazo, ayer una escultura en las afueras del museo, hoy una flor a contraluz o el timbre de una voz en la calle. Dos campos vedados que se hacen contrapunto.

Por poco que se detuviese en el cruce le mostraba que no se hallaba frente a una sustancia, eran las coordenadas de una zona viva cuyas propiedades son infinitas, que cuando se les quiere pensar dan lugar a jucios contradictorios, y que al vivirlas, forman una constelación.

Miraba a su madre con admiración. A veces por la noche se acercaba a su dormitorio y la veía dormir. (Cuando se mira a alguien con atención, nos damos cuenta que los rasgos fluctúan — rescatan la expresión de un pasado remoto: rejuvenecen, o declinan lo que anuncia la vejez, por mencionar sus extremos. Abundan los matices.) Ver un rostro. Se quedaba en el umbral apoyado contra el marco de la puerta. A veces le esperaba un semblante de una ternura infinita que apoyado sobre sus dos manos unidas como en el rezo expresaba sosiego, al mismo tiempo que una vejez que no le conocía lo alertaba si esta tranquilidad anunciaba lo que sería un rostro que ya no despierta. Otras veces se sorprendía viéndola dormir en una posición que no la encontraba con las manos juntas pero con los brazos vueltos hacía atrás, los codos ligeramente elevados, el rostro hacía un lado y las piernas sueltas. El deducía, con alguna vanidad, que bueno tanto no se había equivocado.

Así, podía explicarle a alguien que para que su madre comiera con agrado era necesario, antes, sacarla de su mundo, ofrecerle otro a cambio, aunque fuese provisorio, crearle un ámbito donde no le recayera ninguna responsabilidad, ni le fuera útil llegar con el atado de hábitos que poblaban su soledad, su madre, pudo haber dicho en aparte, estaba sola, ese era el profundo estado en que vivía, lo que ella expresaba en la frase …para no depender de nadie. Resultaba de esa soledad, una serie de atajos, aunque es posible que estos vinieran de más lejos. La comida era uno de los momentos en que su sentido moral, discriminaba el placer, como si a ella sola fuese una especie de tribu donde el tabú culinario ocupa el rol central pues es de ahí que se extraen las normas que rigen la vida social. Menester era entonces sacarla de su función, que real o imaginaria, tenía su fuente inconsciente. Esto no se reducía a liberarla de las tareas domesticas, era proponerle tan solo una transferencia de obligación y no un cambio de natura. Había que trocar de mundo, inventar un territorio donde la alegría tiene mucho que decirle a las palabras. Hacer del mediodía un festejo.

mardi, octobre 04, 2005

Viajes IX (suite 2)

Había bifurcado. Preparaba cuatro pequeños estudios de 20x20cm antes de atacarse al cuadro de Acteón. La lenta progresión de los velados. Tenía claro en que orden tenían que ir, pero siempre había un error de última hora, Acteón seguía siendo un puro problema. No sabía que rumbo seguir. Había dos maneras de resolver el torso. Dos luces distintas una de ellas le llevaba de vuelta al Louvre…

Decidí, porque eran tantas las visitas, de no detenerme más delante de un cuadro, en espera de que este por la gentileza de algo que llamara mi atención, me invitara a hacerlo. Lo claro y neto se expresaba en el desencuentro. Caminaba como si al mismo tiempo mis pasos se produjeran en otro sitio, los oía resonar en una palpitación sorda y monótona que me dañaba. Inventé para no desesperar un laberinto, o más bien lo fui a buscar ahí donde Teseo lo había dejado sin saber si me identificaba con él o era la muerte lo que me esperaba.

En uno de los cuadro de la serie que compone La Galería de los Médicis, se puede apreciar el cuerpo de un hombre joven, cuyos tonos claros se imponen ante el resto de la composición. Esa era mi impresión. La gama de transparencias me confundía. La aplicación era difusa, se invertía del calido al frío sin poder asignar ni el corte ni el paso, pero el efecto era patente. Un número incalculable de refracciones destinadas a indicar la anatomía sin pasar por el dibujo, hiendo directamente a la luz. Me pareció increíble. Espié el mismo efecto en otros desnudos. No era fortuito. Su firma.

Nos puede tocar vivir durante un período más o menos largo el desarrollo de nuestras aptitudes y al mismo tiempo sentirnos privados de su ejercicio como si estas se mostraran porque no están a nuestro alcance y no porque fueran nuestras. Un poco a la manera que tenemos de vernos crecer, anhelar ciertas cosas y saber que aun nos falta para llegar a la vida adulta, sólo que en este caso, nuestra espera pasa por logros tangibles. Desesperación es sin duda la palabra más idónea para expresar lo que se siente. Somos en nuestro fuero interno el síntoma de un exilio. Así muchas veces veía rebotar mis capacidades en un muro que ciertamente no existía y al cual sin quererlo yo mismo daba sostén. Digo esto porque en ese entonces la soledad era tal que mal podía inventarme una causa en la cual yo no estuviera ¿Pero era aquello soledad?

Volvió a sus estudios, aplicó los fondos, dejó secar, leyó esto: “Mon inaptitude à arranger ma vie provient de ce que je suis fidèle non à un seul être mais à tous les être avec lesquels je me découvre en parenté sérieuse." Abrío su cuaderno y tradujo: Mi ineptitud para arreglar mi vida proviene de que no soy fiel con uno solo pero con todos los seres con los que me descubro un serio parentesco. Aplicó una segunda capa, vigilando la contigüidad de cada uno, se detuvo cuando la luz surgió. Esperaría un poco antes de resolver los detalles. Su pecho ardía.

samedi, octobre 01, 2005

Viajes IX (suite)



Nadie en alguien

Un detalle es un color que no se repite dos veces. Sin remanentes no habría detalles… etc. Conocida son las maneras que tiene la filosofía de las causas. Poco se sabe de la manera que tiene un pintor de vivir sus efectos.

¿Efecto? ¿Saber? Es algo por lo cual nadie daría un céntimo. Es como si desde siempre, la filosofía gobernará lo poco que sabemos, porque cuando decimos Arte, repetimos el gesto que inauguró esta disciplina. La teología se orientará siguiéndole los pasos pero para imponer su cláusula.

El pintor es un niño que no habla: infans. Así me siento, así he recorrido muchas páginas de muchos libros. Si tuviera que decir algo, contaría la historia de un predador. Sin embargo.

No es que la filosofía se equivoque: no se le puede refutar. Se puede sostener que es uno de los tantos nombres que el Arte puede recibir. Su intención repite, sin que esta se de cuenta (la filosofía), el gesto que debería explicar, pues a su manera la filosofía crea un ámbito (que sin ella no existiría) que nosotros asociamos a las obras singulares. Nombra algo que de otra manera vagaría en nosotros sin toma de conciencia, pero también es cierto que las obras tienen otro destino que aquel que distribuye el saber, que no espera a que el día despeje para acampar; así como nuestra vida tiene más aristas de las que puede resumir un enciclopedia, un obra abarca con prelación nuestro regocijo, modela nuestros afectos, nombra nuestra pasiones y da cabida a más una de nuestras inclinaciones. Una obra es un nadie en algo que se dirige a otro. Un encuentro. No pide permiso.

A la filosofía sólo se le puede comprender, lo mejor es desde adentro y si tiempo queda y placer se apunta, se puede dialogar con ella. Aprender sus hábitos. Ejercerlos hasta agotarlos, sólo entonces se podrá oír lo que esta no incluye. Pero.

Si no mantuviese, al mismo tiempo que estas lecturas, el deseo de pintar como tierra firma, moviendo pincel y preparando telas, pero ya antes orientado por cuanto signo o señal se me ponga por delante y de igual modo cuerpo, desde el pulso hasta el semen, requerido por la belleza venal y lujuriosa, obscena como se sabe, poco sabría a la hora de dibujar el mapa, que también es una carta, lo que queda rezagado cuando es la filosofía quien habla.

mercredi, septembre 28, 2005

Viajes VIII (suite)

Un jour de trop II

Algunas cosas una vez dichas no pueden ser repetidas porque entonces lo que parecía afirmar o nombrar algo decae y se pierde en el desmentido, menester es abandonarlas, dejarlas atrás, perderlas. O lo que es lo mismo, una vez dichas se les debe dejar seguir su curso, tomaran lo forma del día o de la noche, las representará un cambio en el rostro o en la mirada o no. Es posible que caigan en olvido, un hecho fortuito las despertará, o no.

Una vez dichas, perteneces a lo improbable que es la ocasión. Se le llama amor a ese momento.

En vano se puede intimar.

***

(Segunda carta)

Querida Pola,

(Char encore) « Le dessein de la poésie étant de nous rendre souverain en nous impersonnalisant… » (El propósito de la poesía, siendo, rendirnos soberanos impersonalizándonos) La carta de ayer no tuvo éxito; la cita de R. Char en vano alcanzó a presentirte. Ahora advierto. No temas mis cartas, son amorosas. No llames al médico, no se trata de ningún caso de “impersannalisation” grave, es solo mi manía que canta. Un delirio, el cuarto, según Platón. Nada más.

Es que ahora me doy cuenta, lo improbable que es este lenguaje entre nosotros. Mis misivas quedan sin efecto. ¿Dónde un puente? Me percato que evitamos rigurosamente toda palabra que pudiera delatar esa debilidad
“furtive de la terre des amants”
(furtiva de la tierra de los amantes)

Creo no faltar de empeño, lo que no tengo es acierto. Seguiré intentándolo. A lo mejor se me ha olvidado algo. No conozco la clave, mi Trobar carece de tacto, no te espío donde estás… No desespero, porque escribo donde te deseo. Quien sabe, con un poco más de chance te podré trobar, (trobar, chanter et trouver, au même temps).

Ya, no quiero tampoco agobiarte, caerás en mis redes, pero no podré atraparte. Seré lento como una ola en la Bahía.

Salaito.



Empezó a leer de nuevo con avidez el “libro de la imagen” que era como le llamaba. No podía sin embargo hacerlo sin detenerse: impulsos que lo sacaban de su esfera. Completaba con frases que le eran propias. Bifurcaba, cuando no, meditaba en sentido opuesto al que leía, como si buscara la fuente de lo escrito en su excedente. Le era imposible saber lo que estaba leyendo, la afinidad le parecía tal, que no era necesario saber más. Estaba en ese más. Exceso que le hacía avanzar en el libro hiendo hacía atrás.
¿De qué? Del momento que vivía. Creía poseer su genealogía.

La jornada de ese día se le presentó híbrida. Si en alguna parte él no tenía voz, el libro le prestaba una y le hacía dar un paso, pero no realizar su recorrido. El de esa misma voz que no estaba en el libro y que aún no era la suya propia.

El cansancio acumulado le hacía más difícil poder adaptarse a la vigilia. El ensueño daba elasticidad a todo o que podía estar pensando.

Deseaba una manera de pintar un poco más ruda, tónica por así decirlo, pero una cosa son los impulsos y otra el arte. Lo sabía. Antes de que pudiera idear una sola pincelada pasaría algún tiempo, y ese tiempo estaba en la carta, tercera según el orden.



Lo primero que sintió al entra en el salón fue el perfume de los nardos, entonces se dijo como para resumir lo que le estaba ocurriendo: estoy aquí. Fue hasta la cocina y se puso a calentar agua. Todos los gestos que hacía tenían algo de ritual, en el sentido que estos encerraban una meditación. Le quedaría prolongar aquella parsimonia en la imagen que tenía que atravesar. Pintar es atravesar una imagen. Pero ya era decirlo con el leguaje del autor que leía y no según sus propias palabras. Estaba convencido que había otro modo de decir lo mismo. Pero quizás justamente no era lo mismo. Preparó el té y volvió al salón.

¿Qué había ocurrido en París?

Recordaba algunas conversaciones, una tarde con sus amigos. No estaba. Luego los dos últimos días con ella. Qué catástrofe. Sólo quería irse.
Es un sentido interno, que no reconoce la realidad. Pero que capta lo esencial. Así un perfume. Reconoce lo que no se quiere vivir. Uno puede, hasta cierto punto, reformar las cosas pero en el ámbito suyo, de nada valía hacer uso de tal empeño si no entendía por cambio, la metamorfosis de si mismo, en cuyo caso emitir un juicio equivale a guardar silencio. No tenía nada que decir.

Ella representaba una excepción. Representaba. Ya no. No tenía nada que decir.

Aquella era la dificultad de la tercera carta. Oscilaba entre lo que le traía el olor del salón y los recuerdos.

Era el mediodía del sábado, estaban almorzando cuando le preguntó, ya no sabía bien qué, pero le preguntó, en realidad no hizo una pregunta, preguntó de la misma manera que se dice, fulano pregunto por un tal. (Preguntó por ella.) Ella se puso a hablar y hablar. Entonces ya no fue hora de decirle algo más. La dejó hablar. Ella daba explicaciones, argumentaba, no paraba. Para él, ella mentía, no porque mintiese, mentía porque explicaba. Su manera de hablar era una pura mentira. El hubiese podido acotar algo. Sintió profundamente que sería para empeorar las cosas. Sólo lamentó no poder tomar el avión esa misma tarde. Hay silencios que se producen sin que se desee. Representan durante un corto tiempo una agresión. Encierran lo que nunca más se podrá decir.


Tomó un sorbo, miró el cuadro y siguió leyendo.